MdR - Máquina de Regar, un proyecto de Lucía Kuschnir. 3 artistas, 1 curador, 20 máscaras y el mundo.

El grupo, el fundamento
Inventé Máquina de Regar (MdR) para reformular un dinámica de relaciones, establecida en el campo del arte. Retomé la idea de redes sociales con el objetivo de construir una “red física de artistas”. Actualmente, MdR funciona como diversos grupos de artistas de escritura e investigación práctica. En los encuentros planteamos discusiones sobre la producción, distribución y consumo del arte. En resumidas cuentas, o no tanto, nos preguntamos sobre el por qué, el para qué y desde/para dónde producir obra.

MdR 1.0 lleva cuatro años de trabajo ininterrumpido y lo conforman: Marina Btesh, Sara Slipchinsky y Rosa Wolkowiski.

De lo real a lo virtual a lo real a lo virtual, a lo real, etc. 
A partir de un ejercicio cada una de las artistas de MdR 1.0 construyó una serie de máscaras y fotografiamos los resultados sobre la cara de todo el grupo de trabajo. Luego, a partir de encuentros de discusión sobre la mirada del artista, la del espectador, la exclusión del público en las obras actuales y la idea de: “dar la cara” a través de la obra, se tornó inevitable. El resto del tiempo fue recabar toda la información, editar el material y durante los meses de mayo y junio con DA LA CARA realizamos un tránsito de lo real a lo virtual y nuevamente a lo real.

Ensayo y puesta en escena
Insisto en la idea de ejercicio porque DA LA CARA empieza como tal, pero se desarrolla más allá de él. La inclusión performática obliga a detenerse en quién y para quién hablamos. DA LA CARA es una investigación sobre el camino de las imágenes que se producen en la época contemporánea. Este proceso, llevado a cabo entre los años 2014 y 2015, puede resumirse en cuatro actos: primero, PRODUCIR objetual y materialmente una serie de máscaras. Segundo, PORTAR la máscara o hacer la performance frente a una cámara. Tercero, DISTRIBUIR la imagen en las redes sociales. Cuarto, CONSUMIR la imagen. Imprimiendo afiches de fácil y económico acceso, la obra se convierte en una copia vendible de sí misma.

La obra o una tarde de hipódromo y mates
Me parece importante remarcar que existe una tendencia en la práctica artística contemporánea a la producción compulsiva y a la exclusión del espectador en los resultados. Parece ser que la acumulación de objetos en el mundo no es suficiente y necesitamos seguir aportando arena de un modo solitario. Entonces, la calma en el hacer y el ejercicio de la mirada no parecen tener buena prensa. Propongo entonces otra postura: la práctica constante y metódica de abordar una misma idea por largo rato. Mirar algo desde todos los ángulos posibles es, creo que lo fue seguirá siendo, uno de los modos más interesantes de construir pensamiento.
Para corroborar y un poco como un experimento, en el 2014 diseñé un ejercicio que durase todo un año. Me parecía importante apuntar a la concentración, a reflexionar sobre una sola cosa y que ninguna de las artistas pudiera interrumpir la labor, con dispersiones momentáneas. Entonces apareció la idea del consumo de obras.
El tiempo comenzó a correr y durante el trabajo noté que la propuesta original se había escapado de los límites que las ideas suponían en abstracto. Cada una de las artistas empezó a desafiarme en el más positivo de los sentidos. Vi como la mirada de cuatro personas pensando y produciendo conjuntamente se vuelve mucho más rica que la de uno solo. Entendí que tal vez, las artistas eran a su vez productoras y espectadoras del trabajo. Descubrí también, que más que un jinete con las riendas de su caballo, me había vuelto un admirador de un hermoso corcel que trota flamante en la estepa de las imágenes.
De pronto supe que congelar la máscara-objeto en fotografías, usar la web para distribuirlas, volver a la idea de una muestra pero en un espacio alternativo, invitar al publico a leer ese recorrido de trabajo fue abrir el campo de juego y permitir que también otros puedan ver la carrera. Debo confesar que yo también tuve que ponerme los prismáticos y sentarme en las gradas.

El público. Un final posible.
Conforme estaré ahora si al menos uno de los visitantes se va perplejo, con la duda de qué es lo que vio pero que quiere seguir viendo. Es justamente la duda y el pensamiento crítico lo que interesa. Pienso a esta muestra como tantas otras en términos de algo que no concluye, con la eterna posibilidad de cambio y crecimiento. Abonando la idea, poco estimulada en la actualidad, de salir de la escena y dejar que las imágenes hablen. Sostener hasta que se nos cierren los ojos, que la ausencia del artista es también parte de la obra.


Lucía Kuschnir - Junio 2015